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Libertad

Libertad es la capacidad que posee el ser humano de poder obrar según su propia voluntad, a lo largo de su vida; por lo que es responsable de sus actos.

La libertad es mi valor

Una persona libre se opone a todo lo que pretenda sujetarla a las decisiones de los demás cuando éstas invaden aspectos de su vida que no les corresponden. Al mismo tiempo, sabe acatar las reglas de su comunidad y proteger la libertad de los demás. Respeta los principios de convivencia y la dignidad de quienes lo rodean. Por otra parte, sus acciones y decisiones no están guiadas por los impulsos y no se dejan controlar por las emociones. Usan el recurso de la reflexión y el razonamiento para decidir qué les conviene hacer y miden las consecuencias de sus actos. Saben reconocer lo que sienten y no tienen temor de expresarlo: hablan con la verdad y buscan vivir en la verdad para ser independientes. La libertad no es una meta, es la búsqueda de un camino que se lleva a cabo desde la niñez y hasta la muerte.

Un rasgo que define a los seres humanos es la posibilidad de determinar por sí mismos qué forma quieren darle a su vida y emprender las acciones para conseguirlo. Puede tratarse de asuntos sencillos, cómo lo que deseas hacer esta tarde. Pero también puede tratarse de asuntos grandes y complicados, como la profesión que te gustaría tener o el tipo de familia que quieres formar. A medida que crezcas los temas a decidir serán cada vez más importantes. En cada etapa tu libertad consiste en esa capacidad de elección.

Sin embargo, tomar buenas decisiones no significa guiarte por el capricho o el deseo momentáneo, sino seguir un proceso cuidadoso. En primer lugar tienes que dedicarles el tiempo suficiente para analizarlas detenidamente. En segundo, hacer un plan ordenado para llevarlas a cabo. En tercero, considerar cómo afectan a los demás y su propia libertad. Estos pasos aseguran que tus decisiones libres sean decisiones responsables para contigo mismo y los otros. Conquistar la libertad consiste en quitarte las ataduras que te ponen los demás, pero tener siempre en cuenta las consecuencias de lo que haces. Por un momento es volar muy alto en el cielo; por otro, tener firmes los pies en la tierra.

¿Ya lo pensaste?

La esclavitud o la cárcel son las experiencias más extremas de pérdida de la libertad. Pero existen otras que no suelen reconocerse tan claramente: una familia con padres muy autoritarios que desean controlar todo, un grupo escolar que no participa por miedo a su maestro, una sociedad que vive presionada por un gobierno injusto; la adicción a las drogas, el alcohol y los videojuegos o la pertenencia a sectas religiosas… ¿En algún momento de tu vida has sentido que has perdido tu libertad? ¿Consideras que la tienes ahora? Piensa y comenta esas situaciones.

El extremo opuesto

El concepto opuesto a la “libertad” es la sujeción, estar sujeto a algo, “amarrado” a un lugar, una persona o una situación. La principal consecuencia de permanecer así es un retraso en el desarrollo: un pueblo sujetado por el gobierno no crece ni produce riquezas, un hijo sujetado por sus padres no aprende a tomar sus determinaciones, una esposa sometida por su marido no puede trabajar ni estudiar. Por otra parte, quien sujeta a los demás les está quitando la oportunidad de disfrutar la vida.

Los esclavos blancos

La esclavitud es una de las formas más graves de perder la libertad. En el pasado era común que un grupo de personas capturara a otras, en desventaja militar, para venderlas como fuerza de trabajo, cual si se tratara de objetos. Las principales víctimas de esta acción eran seres humanos de piel negra, nativos de África. Miles de ellos fueron traídos a la Nueva España por los españoles, pero también hubo esclavos de piel blanca. Su caso nos hace pensar que la pérdida de libertad es un problema que puede afligir a cualquier persona, independientemente de su origen o características.

En los dos primeros siglos del gobierno virreinal hubo seis tipos de esclavos blancos. Los berberiscos procedían de Mauritania, una zona del noroeste de África, en la costa del Atlántico. Los moros venían de distintas regiones del norte de África, en la costa del Mediterráneo. Los de La Gomera provenían de una de las Islas Canarias, en la costa de África. Los guanches también venían de las Canarias y descendían de los pobladores originales de éstas. Otros procedían de Mallorca, Cerdeña y Menorca. En la zona de Tlaxcala, a inicios del siglo XVII, también había esclavos procedentes de las islas de Grecia, de piel más blanca que los propios españoles. Éstos, al igual que los esclavos negros, eran víctimas de grandes injusticias: trabajaban jornadas largas y pesadas, sólo podían casarse entre ellos, no podían contar con armas, no podían salir de noche ni usar determinadas prendas de vestir reservadas a las personas libres (las mujeres no podían llevar alhajas). Si intentaban huir sufrían recios castigos físicos, la ausencia de cuatro días se castigaba con 50 azotes; si pasaba de ocho, con 100; y si superaba los cuatro meses, con 200. Si se descubría algún intento de rebelión podían incluso cortarles las manos o ejecutarlos sin juicio previo.

Los grandes caudillos de la Independencia propusieron abolir la esclavitud de blancos y negros. El primer decreto, elaborado por Miguel Hidalgo, se promulgó el 6 de diciembre de 1810. El segundo, elaborado por José María Morelos, se dio a conocer el 5 de octubre de 1813. El tercero, ya en el México independiente, fue obra de Vicente Guerrero y está fechado el 15 de septiembre de 1829. Esos tres documentos demuestran que para los líderes independentistas no sólo importaba la libertad de toda la población con respecto a España, sino también la libertad individual de cada habitante. Aunque la esclavitud ya no existe, estos hechos aclaran que, sin importar el color de la piel, todos tenemos derecho a la libertad y todos corremos el riesgo de perderla.

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