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Dignidad

Dignidad. 1. f. Cualidad de digno. 2. f. Excelencia, realce. 3. f. Gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse. Discreción. 1. f. Sensatez para formar juicio y tacto para hablar u obrar. 2. f. Don de expresarse con agudeza, ingenio y oportunidad. 3. f. Reserva, prudencia, circunspección. Honorabilidad. 1. f. Cualidad de la persona honorable. Honorable. 1. adj. Digno de ser honrado o acatado.

—Diccionario de la Lengua Española, Vigésimo segunda edición.

La dignidad es mi valor

Una vez más regresa al índice de nuestro libro Campeones de valor y revisa el listado de los valores que aparecen en él. ¿Cuáles forman parte de tu vida? ¿Cuáles sientes más cerca de ti? Identifícalos. Una persona digna conoce sus valores personales y reconoce los de los demás, los sitúa en una escala adecuada y actúa con respecto a ellos. Con base en esos valores se concede aquello que merece: por ejemplo el tipo de trato que está dispuesta a aceptar. Para ello requiere tener un juicio objetivo de sí misma a la luz de los derechos y principios de su comunidad. Una vez que tiene claros sus valores y relaciones se comporta de acuerdo con ellos y exige que lo respeten. La dignidad se apoya en la autoestima y la confianza en ti mismo para mantener la fe en tus propios valores. Para alcanzar ese juicio objetivo no puedes ser muy orgulloso ni, por lo contrario, considerar que vales menos de lo que realmente vales.

 

Espíritu deportivo

John Akhwari (1938- ) El vencedor que llegó al último

La derrota es un triunfo cuando se vive con dignidad, conciencia del propio valor y el compromiso que tenemos con los demás. John Stephen Akhwari tuvo el honor de representar a Tanzania, su país, como maratonista en México, 1968. Al inicio de la competencia salieron 75 participantes. El ganador, Mamo Wolde, triunfó con un tiempo de 2 horas 20 minutos. Sólo 57 completaron la carrera. Stephen Akhwari se tropezó y se hizo una profunda herida en la rodilla. Como pudo, se vendó, se incorporó y siguió corriendo. El sol se había puesto y sólo quedaban unas pocas personas en el estadio que lo vitorearon al verlo entrar. Llegó en último lugar, a las 3 horas con 25 minutos. “Mi país no me envió para iniciar la carrera, sino para terminarla” explicó.

Para la Vida Diaria

Las personas que te rodean y tú mismo son diferentes entre sí. Hay hombres y hay mujeres. Hay bebés recién nacidos, jóvenes y ancianos. Hay hombres fortachones y otros pequeños y delgados. Algunas chicas son rubias y otras morenas. Existen personas que tienen el cien por ciento de sus capacidades y otras que nacieron sordas o ciegas. Todas esas diferencias son producto de la naturaleza, pero también hay unas que son resultado de la vida en sociedad y sus injusticias. Hay empresarios más ricos que un país entero y personas tan pobres que no pueden comprar una tortilla. Figuras tan destacadas como el presidente de un país, o tan humildes como un limpiador de parabrisas… Y entre todo ese conjunto también estás tú.
¿Quién vale más de todos? La respuesta común dirá que los ricos, los jóvenes y los fortachones son superiores a los pobres, los viejos y los débiles. Pero si les quitamos esas diferencias superficiales descubrimos que todos comparten algo: son seres humanos. Basta que lo sean para que cada uno merezca el mismo respeto, aprecio y oportunidades y sepa que puede hacer algo extraordinario de su vida: los demás valen tanto como tú o, dándole la vuelta a esta frase, tú vales tanto como los demás. Ese valor es parte de cada cual y nada ni nadie se lo puede quitar, ni la naturaleza, ni las diferencias de la sociedad. Todos somos socios del “club de la humanidad”.

Extremos contrarios

• Quien es indigno o renuncia a su dignidad se sitúa por debajo de lo que merece.
• Las personas indiscretas traicionan la confianza que ponen en ellas los demás.
• Los que olvidan su honor pierden de vista el cumplimiento de sus deberes.

La dignidad en el mundo: El hombre elefante

Cada persona es valiosa desde el primer momento de su vida. Por el simple hecho de existir posee una dignidad que nadie puede quitarle. Un buen ejemplo es el caso de Joseph Merrick (1862-1890), llamado “el Hombre elefante”.
Se cuentan muchas leyendas sobre su origen. La más absurda sostiene que era hijo de una mujer y un elefante. En realidad nació como un niño común, en una familia inglesa pobre. En los primeros años de su vida no le ocurrió nada raro, pero cuando cumplió cinco empezó a tener síntomas de una extraña enfermedad que le produjo crecimiento desordenado en la piel y los huesos y le dio un aspecto poco común. Su cabeza medía un metro de circunferencia, en el rostro y la nuca tenía un tejido esponjoso que le colgaba, la deformación de sus mandíbulas le impedía hablar claramente, en vez de mano derecha tenía una aleta y sus piernas torcidas le impedían caminar bien sin ayuda de un bastón.
Su madre murió cuando él tenía doce años. Su padre se volvió a casar y la madrastra rechazó al niño que se convirtió en vendedor ambulante para ganarse la vida. Los pequeños de su barrio lo insultaban y se burlaban de él. Decidió huir de su hogar y comenzó a trabajar como atracción de ferias populares, cuyos dueños lo maltrataban y le robaban sus ganancias. Durante una función conoció al doctor Frederick Treves, quien le ofreció ayuda. Joseph inicialmente lo rechazó, pero cuando enfermó gravemente de bronquitis, decidió buscarlo.

 

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