Cuento de Justicia

14-Justicia-02

La sabiduría de don Timoteo

En la región de Los Tuxtlas, en el estado de Veracruz, hay una casita de adobe perdida en las montañas. Allí vive don Timoteo, un anciano a quien todos consideran el hombre más sabio del lugar. Don Timoteo no es juez ni ocupa algún cargo público. Sin embargo, la gente que vive en los caseríos cercanos suele ir a verlo con el fin de que resuelva los conflictos surgidos entre ellos. Su palabra es ley. Esto quiere decir que todos lo respetan y acatan sus resoluciones. Cuando él ordena algo, no hay quien se atreva a desobedecerlo. Una mañana llegaron hasta su vivienda dos muchachos. Venían de San Andrés. Lo encontraron afuera de su casa, sentado en un equipal. Conversaba con un matrimonio que había ido a pedirle consejo, así que los recién llegados tuvieron que esperar su turno. Una vez que la pareja se retiró, don Timoteo hizo un ademán para que los muchachos se aproximaran.

Cuando estuvieron cerca, el anciano los reconoció: eran Artemio y Eduardo, los hijos de un próspero ganadero fallecido días antes. “Bienvenidos, jóvenes. Lamento mucho la muerte de su padre, era un buen hombre”, les dijo. Luego preguntó a qué se debía su visita. Aun antes de que alguno comenzara a hablar, el anciano se dio cuenta de que existía entre los hermanos una gran rivalidad. Sus rostros reflejaban odio. Artemio tomó la palabra para explicar que su padre les había heredado una fortuna, la cual no era muy grande pero tampoco pequeña. El ganadero había dividido sus bienes en dos partes para que, al morir, cada uno de sus hijos recibiera lo mismo que el otro. “Qué bien”, les dijo don Timoteo. “Pero no veo cuál es el problema.” Entonces hablo Eduardo: “Lo que sucede es que papá dispuso que ambos recibiéramos la misma cantidad, pero mi hermano se quedó con la mayor parte de la herencia. ¡Eso no es justo!” Estas palabras alteraron a Artemio, quien lo interrumpió: “¡Es mentira! Fuiste tú quien se quedó con más”. Cada hermano acusaba al otro de ser un ladrón.

Ambos comenzaron a gritarse. Luego se pusieron de pie, como si se dispusieran a pelear. Don Timoteo los observó sin decir nada mientras acariciaba su larga barba blanca. Pasado un rato, hizo un gesto para imponer silencio y exclamó: “Dejen de discutir y vuelvan a sentarse”. El anciano reflexionó durante unos segundos. Se dio cuenta de que los hermanos estaban dominados por la codicia, y eso les impedía pensar con claridad. “Vamos a ver si entendí —dijo—. Tú, Artemio, afirmas que tu hermano se quedó con la mayor parte de la herencia. ¿Estás seguro de que fue así?” Artemio asintió con la cabeza. “Y tú, Eduardo, dices que eso no es cierto, que es tu hermano quien recibió más que tú. ¿También estás seguro?” Eduardo dijo que sí. Entonces el anciano se puso de pie para dar su veredicto. Dijo que si los dos estaban convencidos de que el otro se había quedado con una parte mayor, él les ordenaba intercambiar sus respectivas herencias: “Artemio, entrégale tu parte a Eduardo. Eduardo, haz lo mismo con la tuya. Así los dos estarán satisfechos, pues ambos aseguran que el otro tiene más”. Luego de decir esto, don Timoteo les ordenó que se fueran. Durante el camino de regreso, los hermanos se dieron cuenta de la sabiduría del anciano y reconocieron que ambos se habían dejado cegar por la ambición.

 

¿Y tú qué piensas…?

• ¿Por qué piensas que don Timoteo era tan respetado?

• ¿Te parece justa la manera en la que el anciano resolvió el conflicto de los hermanos?

• Si estuvieras en su lugar, ¿cuál habría sido tu decisión?

• ¿Crees que está bien que dos hermanos se peleen por una herencia?

 

El brinco

En el pueblo de La Quemada los juegos de azar estaban prohibidos hacía años, pues sólo traían problemas. Sin embargo Doña Enedina y Don Roque, dueños de la tienda de abarrotes, tenían un “brinco”, como se les llama a los lugares de apuestas ilegales. Instalado en el traspatio de su casa, el juego principal eran peleas de gallos, una terrible costumbre llegada del Oriente. Pocos días antes de las peleas se corría la voz y la gente empezaba a cruzar apuestas. Llegada la fecha, los abarroteros organizaban una verdadera fiesta con pulque, aguardiente y cantantes de ranchero. Solían terminar entre gritos y sombrerazos que las autoridades del lugar ignoraban mediante un soborno.

En agosto de 1970 los abarroteros organizaron lo que según ellos era la “pelea del siglo”. En ella se enfrentarían, por primera vez, dos gallos temibles por su violencia: el Colorado y el Jalapeño. Nadie sabía que eran hijos de una misma gallina ¡es más, habían llegado al mundo dentro del mismo huevo! La noche del enfrentamiento había más de cincuenta personas. El alcohol corría a chorros y la bolsa de las apuestas sumaba diez mil pesos. Pero cuando soltaron a los gallos todo fue desilusión. El Colorado le dio un tremendo picotazo al Jalapeño, pero cuando éste lo iba a atacar reconoció a su hermano y ya no pudieron pelearse por más que la gente les gritaba.

Al ver que el enojo del público aumentaba los abarroteros empezaron a gritar “¡lárguense!”, pero antes tenía que resolverse el asunto del dinero. Los que habían apostado por el Colorado lo declararon vencedor por el picotazo del inicio. Los que habían apostado por el Jalapeño aseguraban un picotazo no bastaba para definir la victoria. Unos y otros comenzaron a zarandear a don Roque, árbitro de la pelea. Asustada, doña Enedina salió y llamó a Benjamín, un policía que iba pasando. “¡Auxilio!” gritó como una verdadera loca. El policía, nuevo en el lugar, le silbó a su compañero. Ambos entraron y los apostadores les explicaron lo ocurrido, pidiéndoles que hicieran justicia con respecto al dinero.

Benjamín vio todo aquel desastre y les dijo: “¿Quieren justicia?” “¡Sí!” gritaron los apostadores. “Pues vamos a empezar” aseveró. “Quedan detenidos los dueños del lugar por celebrar peleas de gallos y servir alcohol sin licencia. También quedan detenidos los apostadores porque la ley del pueblo prohíbe los juegos; los cantantes, por desafinados, y los demás, por complicidad.” “¿Y el dinero? Te lo vas a robar…” dijo el dueño del Colorado. “No —respondió Benjamín—, se lo daré al juez responsable de decidir qué castigo les corresponde. Lo que sí me quedo son los gallos para protegerlos de ustedes.” Esa madrugada todos durmieron tras las rejas hasta que el canto del Colorado y el Jalapeño, que andaban sueltos, los despertó.

 

La Mulata de Córdoba

En época colonial, en la Villa de Córdoba, Veracruz, existió una bella mulata llamada Soledad, que vivía aislada del trato de los demás, pues los descendientes de la mezcla entre blancos y negros no eran bien vistos. Su presencia provocaba escándalo y siempre daba lugar a rumores y cotilleos maliciosos. Aparte de su hermosura se hizo famosa por su uso de la herbolaria tradicional para curar enfermedades. Contaban que era capaz de predecir las tormentas, los terremotos y los eclipses. Podía hacerlo por su profundo conocimiento de la naturaleza, pero las habladurías del pueblo comenzaron a decir que practicaba la brujería.

Sus problemas aumentaron cuando comenzó a cortejarla Don Martín de Ocaña, el alcalde de Córdoba. Le escribía poemas, le enviaba regalos y arreglos florales, pero la misteriosa Soledad simplemente no le hacía caso alguno.  Despechado por esos desaires, la acusó de haberle dado a beber una infusión de toloache, una planta que provoca la pérdida de la razón. En nombre de la Santa Inquisición una multitud de curiosos y la policía fueron a detenerla. Muy tranquila ella abrió la puerta y se entregó a las autoridades y la condujeron a las mazmorras del Palacio de la Santa Inquisición en la Ciudad de México.

Una vez recluida allí la sometieron a un juicio lleno de irregularidades, con testigos pagados, pruebas falsas y mentiras de todo tipo. La sentencia fue muy cruel: la condenaron a morir quemada en leña verde en un acto público, en presencia de sus mentirosos acusadores y del público morboso.

Faltaban varios días para que se efectuara esa humillante ejecución y doña Mulata permanecía silenciosa en la oscuridad de su celda. De vez en cuando platicaba con Alfredo, su custodio, un joven apuesto y bueno, quien no estaba de acuerdo con el daño que le iban a hacer. La Mulata le pedía pequeños favores, como comprar nardos frescos para perfumar la celda o llevarle un peine para arreglar su cabello rebelde. En una ocasión le pidió algo mucho más extraño: tres o cuatro piezas de gis o tiza de la mejor calidad.

El celador se los llevó la noche anterior a la ejecución y Soledad empezó a dibujar sobre las paredes un prodigioso barco con sus detalles representados a la perfección. En el dibujo podían apreciarse las velas extendidas y hasta las olas de un mar tranquilo. Alfredo no cabía en sí del asombro y le comentó: “¡Doña Mulata, parece de verdad!”

“¿Y qué es lo único que le falta?” preguntó Soledad. “Pues navegar…” le dijo Alfredo. “Mira ahora cómo anda”, respondió ella. En un momento mágico que Alfredo recordó el resto de su vida, Soledad se subió a la embarcación pintada en el muro. Ante los asombrados ojos del custodio ésta se alejó, como si la pared fuera el horizonte mismo, hasta convertirse en un punto invisible.

Al día siguiente, cuando los oficiales fueron para conducirla al lugar de la ejecución, no la encontraron y tampoco creyeron el relato de Alfredo. Pensando que la había ayudado a huir, lo condenaron a doscientos azotes y a permanecer un año en la cárcel.

—Adaptación del libreto de Agustín Lazo y Xavier Villaurrutia para la ópera homónima de José Pablo Moncayo.

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