Cuento de Honestidad

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La mascota extraviada

Una noche, cuando Fernanda regresaba de visitar a una amiga, sintió que alguien la seguía. No se atrevió a voltear. Aceleró el paso por la calle solitaria y giró a la derecha en la esquina. Oyó que su perseguidor aumentaba la velocidad y también daba vuelta. Entonces echó a correr, pero a sus espaldas seguían escuchándose pisadas. Era una especie de trote, acompañado de un aterrador jadeo. Durante un buen rato siguió corriendo hasta que no pudo más. Con el aliento entrecortado, se detuvo y volteó. Estaba dispuesta a hacerle frente al desconocido que parecía acecharla entre las sombras. Entonces vio surgir a un simpático perro café y blanco. Era grande y lucía muy amigable. “Hola”, le dijo ella y el perro movió la cola. Fernanda miró a su alrededor para ver si aparecía el dueño, pero la calle estaba desierta. “¿Te perdiste?”, le preguntó y el perro volvió a mover la cola. Luego se aproximó a ella; no traía collar ni identificación. Fernanda se llevó el animal a casa. Cuando sus padres lo vieron, casi se van de espaldas. Le dijeron que no podían recibir a un perro tan grande, que lo regresara.

Ella respondió que no sabía a quién pertenecía, pero prometió buscar al dueño. La verdad es que ya había decidido quedarse con él, pues era simpatiquísimo y muy cariñoso. Conforme pasaron los días, los padres de la niña también fueron cautivados por el visitante. Aceptaron que Fernanda lo adoptara, a condición de que le diera de comer y lo sacara a pasear a diario. Ella le puso por nombre Goliat. Cierto día, mientras Fernanda paseaba a Goliat por el parque, vio un letrero pegado en el tronco de un árbol: “Se recompensará a quien dé información sobre un perro perdido. Es de raza San Bernardo. Responde al nombre de Tuno”. En el aviso venía un número telefónico y la foto del tal Tuno.

Era idéntico a Goliat, pero Fernanda se dijo que seguramente se trataba de otro perro y siguió su camino. Una semana más tarde, mientras se dirigía a la escuela, Fernanda vio a una niña pecosa. Parecía muy triste. De su mochila sacaba hojas que iba pegando en los postes. Al acercarse vio que se trataba del mismo aviso del parque. Sospechaba que esa desconocida era la verdadera dueña de Goliat, pero no estaba dispuesta a devolvérselo. Ella se lo había encontrado, lo había alimentado y le había dado un hogar. Ahora era suyo. Sin embargo, conforme pasaron los días, Fernanda comenzó a sentirse mal. Recordaba el rostro de tristeza de la niña pecosa.

Cuando consultó con su maestra, ella le recomendó responder al aviso. Si la autora de los anuncios identificaba a su mascota, tendría que devolvérsela, pues no estaba bien conservar algo que no era suyo. Fernanda aceptó sin entusiasmo y esa misma tarde llamó al teléfono que aparecía en los avisos. La niña pecosa y su mamá fueron a casa de Fernanda. En cuanto el perro las vio, corrió alegremente hacia ellas. Sin duda, era su mascota extraviada. Fernanda tenía ganas de llorar. La madre de la niña quiso darle el dinero de la recompensa, pero ella no aceptó. Dijo que prefería que la dejaran visitar al perro cada semana. Con el tiempo, Fernanda se hizo muy amiga de la niña pecosa. Juntas pasaban mucho rato jugando con Tuno, aunque en secreto Fernanda seguía llamándolo Goliat.

 

¿Y tú qué piensas…?

• ¿Qué harías si estuvieras en el lugar de Fernanda? ¿Responderías al aviso?

• ¿Crees que Fernanda hizo bien en entregar a Goliat?

• Si estuvieras en un dilema como el de Fernanda, ¿consultarías con algún maestro o maestra como hizo ella?

• ¿Qué otro final se te ocurre para este cuento?

 

La estola de zorro

Cuando se casó, allá por 1920, doña María del Carmen recibió un obsequio de su madre: una antigua estola, una prenda especial que se pone alrededor del cuello y baja por el pecho, a los dos lados, hecha de piel de zorro. El artesano que la había confeccionado casi un siglo antes la había cosido con habilidad, de manera que incluía, en un extremo, la cabeza del animal con su pequeña dentadura, nariz y ojos artificiales, y en el otro, las patitas del mamífero. Su origen era ilegal, pues estaba prohibido cazar zorros; sin embargo en ese entonces las damas de sociedad gustaban de vestir pieles porque, según esto, se veían más elegantes. Doña María del Carmen usaba la estola en ocasiones especiales, como cuando salía de paseo con su esposo, don Valentín, y andaban del brazo por las calles de San Luis Potosí.

Hasta él sabía que la estola no era nada bonita, pero se lo callaba por no incomodarla. Era terrible ver la figura aplanada de ese zorro que alguna vez andaba corriendo por los montes. Por otra parte, dada su antigüedad, se le estaba cayendo el pelo, que soltaba por todos lados. Además, tenía una orilla de terciopelo verde muy pasada de moda y un extrañísimo olor a hospital, pues la guardaba con bolas de naftalina, una sustancia especial para evitar que la atacara la polilla. Sin embargo, las comadres de doña María del Carmen no se atrevían a decirle la verdad. Por el contrario, ¡elogiaban  con hipocresía la prenda! “Qué divina estola”, le decía doña María Guadalupe. “Qué objeto tan fascinante. Ni en París he visto pieza tan exquisita de alta costura”, comentaba doña Tololo.  Cuando las dos se reunían aparte, se reían largas horas de la estola, mientras bebían champurrado.

Un domingo por la mañana doña María del Carmen se preparó para asistir a misa de doce en Catedral. Se puso un sobrio vestido negro que le llegaba abajo de la rodilla y, sobre los hombros, la estola. Dio los últimos toques a su impecable peinado, se perfumó con su loción preferida (Habanita, que olía tan rico como un postre) y salió de casa caminando con mucho garbo, viendo a toda la gente por encima del hombro. En esta ocasión iba sola, pues don Valentín se hallaba en Matehuala. Al verla pasar, los señores se quitaban el sombrero y las señoras la criticaban por lo bajo, pero le sonreían y agitaban las manos.

Iba dando la vuelta por una esquina cuando vio a una sencilla mujer, cubierta con un rebozo, que llevaba de la mano a un niño de unos cinco años. Cuando el pequeño miró a doña María del Carmen, se asustó con la estola y le gritó a su mamá: “¡Mira mamá, esa señora trae colgado un perro muerto!”. Al escucharlo doña María del Carmen sintió una enorme vergüenza y bajo la luz del sol se dio cuenta de que su estola, efectivamente, parecía el cadáver de un can. Llamó por teléfono a su casa para que una de las muchachas fuera a recoger la estola y caminó de prisa para alcanzar al niño. Al verla, la madre reaccionó a la defensiva: “¿Qué le quiere hacer?”. Doña María del Carmen respondió: “Invitarlo a pasar a la dulcería de enfrente para comprarle lo que se le antoje y agradecerle que me haya dicho la verdad.”

 

La nodriza

En el México del siglo XIX, Julio Díaz y Amparo Cota se enamoraron desde jóvenes. Aunque anhelaban casarse pronto, sus planes resultaron difíciles de cumplir, pues él tenía que labrarse una posición como abogado y ella tenía que cuidar a su padre enfermo. Pasaron los años, él consiguió un trabajo digno que le permitió comprar lo necesario para un modesto hogar y, a los pocos meses, el padre de Amparo falleció.

A los tres años de casados ocurrió lo que tanto habían anhelado: ¡ella estaba esperando un bebé! Cuando lo supieron compraron todo lo necesario para el pequeño: camisas, pañales, mantillas, gorros, zapatos y un sinfín de artículos, incluyendo un colchoncito de plumas, cintas de colores, listones, moños y hasta un sonajero de plata.

El parto no fue cosa fácil, pero el chiquillo nació sano y hermoso; le pusieron por nombre Carlitos. Sus padres sólo pensaban en él y dejaban a un lado cualquier otra actividad con tal de bañarlo, arrullarlo, cuidarlo y acariciarlo. El mamoncillo, como les decían a los niños de pecho, tenía un excelente apetito y se desarrollaba admirablemente… Sin embargo, a los cuatro meses empezó a desmejorar y lucía flacucho y ojeroso. Aterrados, Julio y Amparo llamaron al doctor Álvarez Moreno para que lo revisara.

Después de varios exámenes, el doctor concluyó que el problema estaba en la leche materna, que no bastaba para nutrirlo. Quisieron darle leche de vaca y el nene la escupía. Los ensayos con leche de cabra y burra tuvieron el mismo resultado. Los padres ya no sabían qué hacer.

Una tarde, mientras miraba por la ventana, Amparo vio a una humilde mujer con cuatro niños, bastante desarreglados pero bien gorditos. Decidida, le preguntó si no quería trabajar como nodriza de Carlitos; es decir, alimentarlo con la leche de sus senos. Cuando Gabina —que así se llamaba la mujer— lo amamantó por primera vez, Carlitos succionó con apetito y una leche deliciosa, dulce y espesa se le derramó por la carita. En cuestión de días fue recuperando su peso y buen color.

Gabina se dio cuenta de lo mucho que la necesitaban en esa casa y aprovechó la situación en su beneficio. Pidió a cambio un sueldo mensual de muchos pesos, tres vestidos, dos pares de zapatos y ropa para sus hijos. Con esfuerzo Julio y Amparo le dieron todo eso… Sin embargo, las exigencias de Gabina iban en aumento: antojos a toda hora, alhajas, rebozos y hasta los vestidos de la señora de la casa.

Un día Amparo supo que en el rancho de Gabina había ocurrido una grave inundación y que toda su familia había desaparecido. Cuando se lo informó, Gabina derramó algunas lágrimas, pero luego dijo: “Me alegro, porque así no tendré que darle a nadie de mi sueldo.”

Ese mismo día Amparo y Julio determinaron enseñar a Carlitos a comer solo y despidieron a Gabina. Les dio miedo que el pequeño heredara la conducta deshonesta y el corazón de piedra de la nodriza.

Adaptación del relato homónimo de Victoriano Salado Álvarez

El plato negro

Por los caminos de la India dos vendedores iban de pueblo en pueblo ofreciendo trastes, artículos para limpiar la casa y brillantes adornos. Echaban suertes con una moneda para ver quién podía anunciarse primero. Cuando éste acababa, el otro promovía sus artículos. Así lo hicieron en una vieja aldea.

Cuando el primer vendedor pregonaba “¡Trastes, ollas, joyas para las señoritas!” una pequeña y su abuela se detuvieron. A la niña le fascinó un brazalete.

—¿Cuánto cuesta? Preguntó, triste, la abuela, ya que eran muy pobres.

—Más de lo que pueden pagar —respondió el vendedor.

—En la casa conservamos un viejo plato negro de metal ¿puede tomarlo a cambio? Caminaron rumbo al hogar. La humilde morada no tenía muebles y el piso era de tierra. Cuand le mostraron el plato, el vendedor lo examinó. Al frotar el reverso notó que era de plata pero el tiempo lo había ennegrecido.

—Este cacharro no vale nada. Se los cambio por una escobeta —propuso.

—Gracias, señor, preferimos conservarlo —informó la abuela.

El vendedor se retiró pensando en volver al día siguiente para convencerlas. Llegó el turno del segundo vendedor para recorrer el pueblo. La niña y su abuela salieron a su encuentro. De nuevo, la pequeña pidió un brazalete. Los tres se dirigieron a la choza para ver el plato. De inmediato el hombre reconoció su valor. —Señora, este traste es de plata. Los objetos que traigo no bastan para pagarlo.

—No lo sabíamos. ¡Todo falta en esta casa! ¿Podría darnos el brazalete y alguna otra cosa útil? —preguntó la abuela.

El vendedor les entregó toda su mercancía. A la salida del pueblo le mostró el plato a su colega y le contó lo que había ocurrido. Éste se enfureció por haber perdido la oportunidad de estafarlas. Pero lo pensó un rato y luego decidió:

—Si unimos tu honestidad y la hermosa mercancía que me queda haremos el mejor negocio. ¿Podemos trabajar juntos?

—Claro que sí —respondió el hombre honrado.

Desde entonces fueron los comerciantes más exitosos de la región.

—A partir de una leyenda budista.

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