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Amarga
belleza De esta perfección imposible
o de esa imposibilidad perfecta, trata la presente exposición.
Esta belleza -si así pudiera considerarse- como nueva construcción
cultural, ¿tiene aún alguna capacidad para sanar a la
sociedad, no para dominarla sino para enaltecerla? ¿Acaso este
límite donde lo bello ha sido arrastrado por una verdad impostergable
y saca a flote una emoción aterradora y a la vez insondable,
es propio estrictamente de la expresión contemporánea?
¿Y dónde dejar a Piranesi, a Rembrandt, a Bruegel o a
Blake? Lo abyecto, la intrascendencia, el desarraigo y la disolución
siempre traducen a manera de sismógrafo las tensiones y las reticencias
del ser humano frente a los modelos de sociedad disponibles. Hoy, no
es una excepción. Las sucesivas fracturas del contrato social,
el modo que las dinámicas económicas de eficiencia, competencia
y especulación han permeado las prioridades humanas; unido el
tráfico de valores éticos instrumentales necesarios para
el "éxito social", han subvertido las nociones de sublime,
de trascendencia y de identidad individual. Y el arte contemporáneo,
en su modo sutil, da cuenta de esto, encarnándolo. Esta exposición no es
sobre el gusto estético sino sobre la belleza como un territorio
aún posible de comunión, de autosacrificio y de verdad. Sobre cómo la obra
de arte, -muchas veces a contracorriente de las mayorías de opinión
o de las inercias y conveniencias de los esquemas sociales-, logra decir
y hacernos ver aquellas imágenes incómodas donde el ser
humano se descubre a sí mismo: en su soledad, en su transitoriedad,
en su miedo, en su violencia, en su delicadeza, en su afán de
perfección, en sus fugas, en su silencio... (*)
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