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Sociedad del espectáculo
Fuente: Fundación Televisa
Como cualquier otra ceremonia comunal, las luchas cumplen con un protocolo, atesoran reliquias y tienen oficiantes de diferente jerarquía. Así como hay quienes representan las fuerzas del bien y el mal, portando ropajes cargados de adornos y filigranas, existen quienes visten el modesto uniforme que les ha proporcionado una compañía cervecera y se dedican a saciar la sed de los parroquianos. Los ritos luchísticos, felizmente ajenos a la corrección política y aptos para personas de cualquier edad, no pueden ignorar ninguna de las apetencias terrenales de sus celebrantes –hombres y mujeres urgidos de hacer a un lado, aunque sea por unas horas, el fardo de sus problemas cotidianos –. Por esta razón, las arenas de lucha libre, con toda justicia descritas como templos y catedrales, se han habilitado como profanos bebederos, ferias, tianguis y museos efímeros.
Tortas, refrescos, cervezas, pepitas, cacahuates garapiñados, palomitas, chicharrones, papas fritas, solazan el paladar del “respetable público” mientras participa, con señas procaces y gritos destemplados, en la ordalía que esa noche le programaron los matchmakers. Aunque de esos antojitos y brebajes también disponen otros espectáculos deportivos mexicanos, ninguno de éstos puede aspirar a conseguir las dosis de emoción y relajo que libera una función de lucha libre. A causa de la proximidad, casi familiar, que hay entre ídolos y aficionados, una parte del espectáculo luchístico sucede entre las butacas y las galerías. Al lucimiento de las luchas colaboran todos los asistentes a la arena: el vendedor de memorabilia, el niño que porta la máscara de su luchador favorito, la señora que no se cansa de prodigar insultos, los fotógrafos que rondan el cuadrilátero.
A través de la serie La sociedad del espectáculo (2003), título que honra y parodia un multicitado concepto de Guy Debord, César Flores y Gabriella Gómez Mont se propusieron invertir el punto de vista dominante de la fotografía de lucha libre, que se ocupa principalmente de lo que sucede en el ring y sus alrededores. La galería de retratos que consiguieron armar, con viñetas biográficas al calce, presenta a las infanterías que atienden al público de la Arena México. Si las luchas son un espectáculo entrañable y una tradición familiar es porque sus redes se extienden hasta los pequeños mundos que habitan personas como las retratadas en La sociedad del espectáculo.
“Entre la gente que trabaja en las luchas también hay esposos, cuñados, compadres –apunta Gómez Mont –. Hay que encontrar los huecos silenciosos detrás de los aplausos, detrás de las mentadas de madre, los cohetes y la música de discoteca. Hay que esperar a que miles de luces iluminen el ring y luego voltear en la dirección contraria. Ahí están en los camerinos, dentro de las oficinas, por los pasillos caminando, apresurados. O pacientemente cuidando una puerta de madera, con las manos cruzadas al frente”.
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