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Poses e imposturas
Fuente: Fundación Televisa
Al tiempo que la lucha libre mexicana se consolidaba como espectáculo, entre los años treinta y cincuenta del siglo pasado, los avatares de los gladiadores se convirtieron en materia de trabajo de publicaciones especializadas. Tal proceso fue semejante al que vivieron otras disciplinas deportivas, cuyos aficionados se convirtieron en rutinarios consumidores de imágenes, noticias, crónicas y trivia relacionadas con el acontecer de partidos y campeonatos. En México, como en otras partes del mundo occidental, el seguimiento de las aventuras protagonizadas por héroes que seguían en pos de trofeos y coronas, pero habían cambiado las armaduras por los calzoncillos y las espadas por el bat o los guantes de box, se estableció como uno de los reductos de la épica moderna.
En esos renovados “cantares de gesta” mexicanos no han existido deportistas con más presencia heroica que los luchadores, acaso porque sólo para éstos resultaba obligatorio refrendar el significado de sus nombres de batalla. El gladiador necesita ser y parecer, hacer visibles los signos de su carácter, que puede o no corresponder a su verdadera personalidad y es muchas veces el resultado de una refinada impostura.
La retratística fotográfica fue y sigue siendo fundamental en la construcción de los personajes que los luchadores han elegido o aceptado representar, ayudados por sus ropajes, máscaras, peinados, poses y gestos. Erigidos en estatuas de sí mismos, el ambiente o el paisaje que se asoma en sus retratos suele mostrar el mundo terrenal en que transcurre su vida como personas. Saben muy bien los gladiadores que sin esas imágenes, base de otras réplicas, silueteos y montajes, no es posible el desdoblamiento que los convierte en figuras mitológicas.
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