Prehispánico

Pelea de tigres

Fuente: Fundación Televisa

 

Año tras año, al comenzar el mes de mayo, los habitantes de Zitlala, comunidad de indios nahuas enclavada en las montañas del estado de Guerrero, se preparan para congraciarse con las fuerzas y deidades que tienen el poder de hacer fértiles sus tierras. En la cosmovisión zitlalteca, que pervive desde tiempos anteriores a la conquista española, los cerros, grietas, cuevas y pozos se consideran morada de los aires que influyen sobre la caída de las lluvias, la bondad del clima y la salud de las personas. Variados en su color y temperamento, viejos o jóvenes, esos aires reciben el tributo de fiestas y ofrendas que son el derroche de un pueblo pobre.


El 3 de mayo, día de la Santa Cruz en el santoral cristiano los zitlaltecos peregrinan hacia la cima del cerro Curuzco para rezar, cantar, comer y beber en torno a las tres cruces que representan a los barrios que constituyen su poblado. Sobre un gran arco de palma, a modo de ofrenda para los zopilotes que son la encarnación del “aire prieto”, se cuelgan las vísceras de los guajolotes y gallinas que serán cocinados, en mole, para la comida comunal. Dos días después, varios hombres se disfrazan y enmascaran para ser protagonistas del ritual conocido como “pelea de tigres” o “pelea de tecuanis”. Acaso reminiscencia de las escaramuzas que los guerreros aztecas organizaban en honor a Tláloc, dios de la lluvia, o de antiguas ceremonias en que se reclamaba el sacrificio de hijos primogénitos, en esas peleas los varones de Zitlala se trenzan, armados de erizadas cuerdas que fungen como látigos, en cruentas batallas cuerpo a cuerpo.

 

La “función de las peleas es manifiestamente la de desahogar tensiones y conflictos, de regular las relaciones sociales año con año, además de divertir y entretener a la gente – apunta la etnóloga Aurelia Álvarez Urbajtel -. Hay un gusto evidente por pelear y por ver pelear; es a la vez un deporte y un ‘arte’; la exhibición de la habilidad y de la fuerza es, además de una manifestación de las costumbres, un incentivo de prestigio, no solamente para los que pelean, sino también para el barrio o la comunidad a la que pertenecen.”


Como ha sucedido con otros ritos paganos entreverados a las celebraciones cristianas –entre ellos los carnavales o festejos de Semana Santa-, la “pelea de tigres” de Zitlala no ha sido inmune a los signos de los nuevos tiempos y a sus procesos de aculturación. Máscaras y personajes procedentes de la lucha libre profesional se han integrado al ritual en que golpes y latigazos sirven al mantenimiento de órdenes sociales y cósmicos. En sentido contrario, los hombres-tigres enmascarados como Octagón o Blue Demon nos hacen ver que los combates en los cuadriláteros techados son algo más que un simple entretenimiento profano.

 

 

Lucha Libre

Clic sobre la imagen para agrandar


Derechos Reservados Fundación Televisa