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Máscara
Fuente: Fundación Televisa
Antropólogos, filósofos, semiólogos, psicólogos, escritores y poetas han indagado sobre el insondable misterio de la máscara, ese sencillo artefacto, hecho de los más diversos materiales, que al velar y transformar el rostro nos interroga sobre los significados de la identidad y la alteridad, y nos acerca a las dimensiones de lo primigenio y lo divino. “La máscara es el lugar de un vuelco neto, el instrumento de una alternancia sin fin de mundos” que funciona como “signo de igualdad en la ecuación de lo humano y lo sobrehumano”, señalaba el ensayista Pierre Schneider. “La fuga del rostro hacia la máscara es un síntoma de pura sangre estética”, que dibuja, así sea de manera imprecisa, “los límites entre el espectáculo ideal y la diaria faena real”, apuntaba el poeta Xavier Villaurrutia.
No resulta extraña la fascinación por las máscaras que tienen los mexicanos, cuya cotidianidad está puntuada por los ritos y celebraciones de su complejo sincretismo cultural y religioso. Octavio Paz, en su clásico ensayo El laberinto de la soledad (1950), llevó a la condición de seña ontológica la proclividad al enmascaramiento que creía distinguir en el habla y el comportamiento de sus compatriotas: “Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa.”
Deudora y beneficiaria de ese gusto colectivo por los ocultamientos y los desdoblamientos, la lucha libre mexicana ha hecho de la máscara una de sus más vistosas formas de expresión. Los conocedores aún discuten sobre la genealogía de los luchadores enmascarados. Ubican en Nueva York, en el año de 1933, a los primeros gladiadores que subieron al ring con los rostros ocultos: Jim Atts y Masked Marvel. La popularidad de este último se extendió a las carteleras mexicanas, donde su nombre de batalla fue castellanizado –La maravilla enmascarada– y encarnado por otro luchador –Gordon El Ciclón Mackay–. Sin embargo, es a Luis Núñez, en su personificación de El Enmascarado, a quien se reconoce el mérito de haber sido el primer encapuchado surgido en los cuadriláteros mexicanos.
De los viejos días en que El Murciélago Velázquez aterrorizaba al público con el revoloteo de los quirópteros que acompañaban sus presentaciones, a los tiempos presentes en que Místico puede ser visto lo mismo en el ring que en las telenovelas, las máscaras que han dado vida a la lucha libre mexicana componen un relato que puede ser leído a diferentes niveles. No sólo el bien y el mal, en todas sus modalidades y mixturas, inspiran el diseño de esas capuchas. También la historia del mundo –sucesos, ambiciones, prejuicios, terrores, ideologías deja su rastro en la apariencia de los enmascarados. Desaparece el rostro del luchador detrás de la máscara y ésta, su nueva identidad, reinventa su biografía, volviéndola perdurable en el terreno de las mitologías.
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