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Damas del cuadrilátero
Fuente: Fundación Televisa
El cine de luchadores, género que en México tuvo su lugar de origen y desarrollo, se inauguró con el melodrama La bestia magnífica. El film, realizado bajo la dirección de Chano Urueta a principios de 1952, narraba la disputa de dos luchadores (Crox Alvarado y Wolf Ruvinskis) por el amor de una mujer fatal (Miroslava Stern). Manuel Álvarez Bravo, ya para entonces el fotógrafo mexicano de mayor prestigio internacional, fue el stillman de esa cinta clase B, cuya producción se enmarcaba en la fiebre por la lucha libre que en los años cincuenta del siglo pasado contagió a todos los medios de comunicación: historietas, revistas especializadas, transmisiones televisivas y, por supuesto, seriales cinematográficos que hicieron de sus luchadores protagonistas los equivalentes nacionales de los superhéroes estadounidenses.
El papel representado por la bella Miroslava Stern no hacía justicia a la presencia que las mujeres tenían en el ambiente luchístico en la época de aquel auge mediático. Algunas damas mexicanas, contradiciendo el estereotipo que las describía como sumisas y resignadas, se habían transformado en gladiadoras. La seducción y la coquetería no eran las armas preferidas de las atletas que demostraron sobre el ring que las luchas no eran un oficio exclusivamente masculino.
A causa de una hipócrita prohibición gubernamental que por varias décadas les impidió luchar en las arenas de la ciudad de México, la historia de la lucha femenil mexicana se escribió principalmente en las periferias urbanas y en los circuitos de provincia. A pesar de esa injusta marginación, las damas del cuadrilátero nunca dejaron de ser noticia y de ocupar un lugar en las simpatías de los aficionados.
Al igual que sus colegas varones, las luchadoras fueron fotografiadas por los retratistas y reporteros que surtían de material gráfico a las revistas especializadas.
El fotógrafo de origen alemán Hans Gutmann –que se rebautizó como Juan Guzmán–, corresponsal de las revistas Life y Time en México, cubrió las presentaciones que destacadas luchadoras estadounidenses –entre ellas Mildred Burke–, tuvieron en la Arena Nacional, en 1940. Cuarenta años después Lourdes Grobet retrató a La Briosa en su doble condición de madre y luchadora. Esas y otras imágenes de la lucha femenil deben ser vistas no sólo como documentos relacionados con la evolución de un espectáculo deportivo. Son aún más importantes si se les aprecia como testimonios de las acciones afirmativas y transgresoras de una feminidad que decidió no sujetarse a los cartabones tradicionales.
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